lunes, 12 de junio de 2017

Cierras los ojos

Cierras los ojos. De repente empiezas a escuchar un murmullo que te rodea. Es ese sonido que suena cuando hay mucha gente a tu alrededor y que a pesar de que guarden silencio su sola presencia ya genera este ruido. De repente abres los ojos y ves a un montón de siluetas a tu alrededor. Hay mucha gente, pero no logras distinguir el rostro de nadie. Percibes que una luz te da en la cara, y miras hacia arriba. Te das cuenta de que la poca luz que ilumina la sala procede de unos focos azules que hay sobre ti, y que van oscilando e iluminando lentamente toda la sala, como si tratasen de buscar a alguien en concreto entre toda la gente que hay allí. De repente te das cuenta de que hay música sonando. Es una música tranquila. Es una música de un ritmo lento, y sin mucho instrumental. La música llena toda la sala, y te das cuenta de que la gente a tu alrededor se mueve lentamente al ritmo de esta. Todos al unísono se dejan llevar por la melodía que suena. La música parece cálida, pero se siente fría a la vez. Se siente fría porque todos los demás comparten su movimiento entre los brazos de quienes les siguen. Sin embargo ahí estás tú, en el centro de la sala. Parece que nadie te haga caso al estar centrados en su pareja de baile, pero lo cierto es que se siente algo incómodo, como si toda la sala supiese que ahí estás, inmóvil, en el centro de la misma. Esa inquietud te empieza a invadir todo el cuerpo, y notas cómo avanza desde tus pies hasta tu espalda pasando por tus piernas. No sabes cómo has llegado ahí, pero sientes que deseas volver a donde estuvieses antes de estar aquí. Sin embargo de repente notas una extraña sensación, y tu mirada prácticamente de forma automática se dirige a un punto de la sala. Es curioso cómo a pesar de que nadie en la sala parece haber sido captado por esta sensación a ti se te hace imposible evitarla. De repente eres capaz de percibir una figura al fondo de la sala. Parece que te esté mirando, pero la iluminación de la sala te impide distinguir nada. Esperas a que una de estas inquietas luces sobre ti pasen por encima de su rostro, pero te es inútil para poder distinguir algo. Pero allí está, clavando su detenida mirada en ti. Por alguna razón la sientes algo familiar, es como si sintiese que conoces muy bien esa mirada, pero no logras recordar a quién pertenece. En un momento notas que esa persona empieza a a avanzar desde su posición hacia ti. Lentamente. La inquietud te invade y empiezas a notar cómo tus pulsaciones suben su intensidad. Todo tu cuerpo late al unísono. Pero al mismo tiempo una poderosa curiosidad dentro de ti desea que esa persona se siga acercando hasta llegar a ti para poder reconocerla. Esa misma sensación que te hace pensar que es alguien que sientes cercano y que no supone un peligro que se te acerque, ya que de alguna forma te traerá seguridad al ser la primera persona que logras identificar en ese sitio. Poco a poco se te acerca, y puedes ver cómo la luz azul genera reflejos en su ropa. Su presencia es grande, pero parece como si fuese la única persona de allí que la notase. Lentamente va disminuyendo la distancia que os separa, mientras se va haciendo paso entre las siluetas que se mueven a tu alrededor. Cada vez está más cerca, y tu pulso no se detiene. Sigue avanzando, y prácticamente ha llegado hasta ti. Sigues sin poder distinguir quién es, pero notas cómo te sonríe mientras da sus últimos pasos hacia ti. Ha recorrido la sala hasta el centro, donde tú te encontrabas, y parece claro que su objetivo era acercarse a ti. Atacado por la situación te dispones a separar los labios secos por el ambiente para preguntarle su identidad, pero no eres capaz de hacerlo ya que antes de tener la oportunidad siquiera te encuentras con que ha puesto su dedo índice sobre tus labios, mientras pone el mismo dedo de la mano opuesta sobre sus labios. Se nota cálido. Su dedo se apoya suavemente sobre tus ásperos labios impidiéndote realizar la pregunta que te disponías a hacer, como si supiese que ibas a realizarla y no quisiese dejarte. En este momento de asombro no logras a darte cuenta de que la misma mano que tenía sobre sus labios está agarrándote lentamente tus manos, la cual hasta este momento no te habías dado cuenta de que por la tensión del momento está empapada en sudor. Intentas retirarla rápido al darte cuenta pero te lo impide sujetándola con fuerza. La situación te desconcierta, y miras tu mano con cierto temor. Con mucho cuidado pero firme va entrelazando sus dedos con los tuyos al compás de tus latidos. Después su otra mano se dispone a hacer lo mismo, a lo cual tu mano acompaña como si conociese perfectamente la acción a realizar. En ese momento tus manos sostienen las suyas, aunque dudas de si puedan ser las suyas las que sujeten las tuyas. En este momento tu mirada se dirige a tu mano, y te cuesta levantar la vista para distinguir si rostro. De repente notas cómo se acerca a ti mientras coloca tus manos alrededor suyo, como si estuvieses evitando que su contorno dejase de dibujar su figura y se difumina se con el resto de gente. Entonces te suelta y coloca sus manos sobre ti, como si te estuviese sosteniendo para que no pudieses huir de esa situación. Sin embargo no parece que tu cuerpo tenga fuerzas para irse, y es que esa misma admiración por conocer su identidad es la misma que te mantiene allí, inmóvil sujetando a esa persona para evitar su marcha antes de identificarla. Es ahí cuando notas que tu cuerpo se está moviendo siguiendo un ritmo estable. Es el mismo ritmo que envuelve a la persona enfrente de ti y al resto de siluetas de la sala. Y se siente bien. La música os envuelve y poco a poco os volvéis una pareja más del escenario en el que os encontráis. Poco a poco os difumináis entre ellos, siendo acariciados a cada rato por esa luz azul. Se siente bien. Tus pies siguen el ritmo y tienes a esa persona entre tus manos, decididas a no dejarla huir sin su nombre. El baile continúa y el tiempo parece que no fluya. Os seguís difuminando entre la gente y parece que ya no os encontréis en el centro de la sala, o por lo menos la sensación no es de ser el centro de atención como antes puesto que los motivos para serlo se habían desvanecido. De repente los pasos de tu acompañante se detienen, y notas cómo una sonrisa se ilumina  en su rostro. Es una sonrisa discreta, como si estuviese escondiendo es mayor de los tesoros y no pudiese mantenerlo en secreto. Comienza a acercársete lentamente, pero tú no retrocedes lo más mínimo. Poco a poco disminuye la distancia entre vosotros al tiempo que vas cerrando los ojos. En ese momento dejas de ver nada y únicamente tus oídos son capaces de hacerte sentir allí. Ese sonido ambiente generado por la multitud mezclado con la música es todo lo que logras percibir. De repente tus ásperos labios comienzan a crujir al tiempo que una cálida suavidad comienza a invadirlos. Cómo si el frío los debilitase y estuviesen rogando un poco de resguardo sientes cómo la persona enfrente de ti que ahora sólo percibes con tus manos estuviese dándote ese calor que tus labios rogaban. Notas la presión sobre ti y descubres cómo sus latidos se sincronizan con los tuyos, aumentando su volumen, como si tratasen de marcar el ritmo de la música. Notas una chispa entre vosotros, que rápida y juguetonamente se transmite de uno a otro por el mismo sitio. Sigues con los ojos cerrados, sumergido en el momento. Te has olvidado de sujetar firmemente a la persona puesto que tus sentidos están puestos en un único sitio. Notas cómo tus ásperos labios se van reblandeciendo, propiciando una zona menos áspera para la persona que los abraza con pasión con los suyos. En este momento te das cuenta de que la música de fondo ha ido progresivamente disminuyendo su volumen, y también tus latidos. Dejas de escuchar ese ruido de fondo que con los ojos cerrados te permitía saber que esa gente seguía oscilando a tu alrededor. Notas también cómo la presión sobre tus labios se va desvaneciendo, y tratas de abrir los ojos para que tu vista sea el sentido que te de explicación a lo que está pasando. La sensación se va desvaneciendo, pero eres incapaz de abrir los ojos para verlo. El ruido a tu alrededor casi ha desaparecido, y ya no sientes tus manos. Tus labios prácticamente se han separado de los suyos, y con ello el único sentido que te mantiene unido a esa persona. Y así hasta el inevitable momento en el que ya no sientes nada. Todo a tu alrededor es silencio. Silencio en el vacío. Ya no suena música. Ya no notas la presencia de nadie a tu alrededor. Es entonces cuando te das cuenta de que no has podido saber quién era esa persona. No has logrado distinguir a quien entre toda esa gente se acerco a ti y bailó durante ese tiempo. No has conseguido su nombre. Usas entonces tus fuerzas para lograr abrir los ojos pero parece que no hay manera. Lo vuelves a intentar pero no pareces lograrlo. Entonces decides emplear te a fondo, y tras unos segundos agotadores parece que empiezas a lograrlo. Parece que por fin lo vas a conseguir.